Recuerdo perfectamente esa mañana: esos primeros segundos después de despertar, cuando el cerebro todavía disfruta del estado de inconsciencia y el peso del día por venir aún no se siente. Apenas el primer pensamiento asomó, tuve ganas de cancelar todo. Miré la hora, las ocho y diez. Faltaba una eternidad. La mañana transcurrió como transcurren todas las esperas: haciendo cosas sin estar realmente en ninguna de ellas. «Hay que hacerlo», pensé. «Ya no da para más. No se puede seguir postergando.» Cuando quise acordarme, ya iba camino a nuestro lugar.
No necesito indicaciones para venir, sé llegar de memoria desde prácticamente cualquier lado. Tampoco tengo que pedir permiso: acá soy ama y señora, y también pude ser un cachorro vulnerable cuando lo necesité, porque acá siempre pude ser yo misma. De nuevo distraída, ya había empezado a subir la escalera. Recién salí de mi abstracción cuando un sismo me sacudió de cuerpo completo y me obligó a parar y asirme de la baranda con ambas manos. ¿Un sismo acá? Qué sé yo. Hoy todo se siente raro. Lo más raro de lo raro es que nuestro lugar, a pesar de que es el de siempre, a pesar de que está donde siempre, y todo está en su mismo sitio, aun así se siente raro. Incómodo es la palabra que me sale para contar cómo me siento acá y ahora.
La verdad que lo único que este lugar tiene de nuestro somos nosotros. Las paredes son blancas, el techo es blanco, las cortinas son blancas, las sábanas y las mantas… blancas. Hay una sola ventana, muy alta, por la que entra algo de aire pero nada de sol. Aquí se pierde no sólo la noción del tiempo sino también de lo propio. Para completar, hace frío todo el tiempo. Y mirá que a mí me gusta el frío, eh. Pero no este frío, sino ese que te pone los ojos vidriosos mientras vas por la calle tomando algo caliente.
Me acuerdo de nuestros momentos felices. Por eso me costó tanto venir hoy, por amor a esos momentos que me estrujan el corazón al compararlos con esta desidia del presente. No es un reclamo, por Dios, no. Es una descripción. Con toda humildad me rindo ante el hecho innegable de que ya no somos los mismos, ya no somos aquellos. Por eso tenía que venir.
Corrí la silla despacio. Había pasado toda la mañana intentando llegar a este momento y, una vez frente a él, todavía encontraba maneras de demorarlo. Finalmente me senté y levanté la vista.
Me cuesta mirarte a los ojos porque en ellos se condensa toda la angustia del mundo. Y a continuación hablamos, sí, pero hay cosas que quiero que queden entre nosotros, ¿Sabés? No todo merece ser escrito ni compartido.
(…) Y ahí voy yo -me respondiste.
Una gota de agua me salpicó la frente, con lo cual perdí el hilo de lo que venía diciendo.
-Ah, sí, hay goteras. ¿Qué me decías?
De pronto la mirada se me fue a la pared de enfrente, donde se veía otro hilo de agua, éste cayendo en dirección al piso de porcelanato (blanco, por supuesto).
-¿Y esa filtración? ¿Siempre estuvo ahí?
-Debe ser, sí.
Ahora que lo pienso, esa pared siempre estuvo un poco descascarada. Pero bueno, en este momento hay cosas más importantes.
-¿Nos movemos para allá?
-No, no hace falta.
Pero unos minutos después empecé a ver el piso más brillante, y subí los pies a la silla cuando entendí que el charco de agua ahora llegaba hasta mi zapatilla. Tuve que interrumpirme dos veces, una por un golpe seco que vino de afuera y otra cuando me volvió a caer una gota de agua en la cara. Recién cuando se escuchó una especie de crujido que venía del techo se nos ocurrió mirar para arriba, justo a tiempo para ver el yeso cayendo.
Se apagó la luz, y con el cuerpo en su máxima tensión intenté pensar rápido y decidir. No veía nada, sólo escuchaba algo así como paredes temblando y mucha más agua entrando. El piso vibraba, el aire olía a tierra y ladrillo. Sentía la boca seca y la garganta me raspaba al tragar. Debo haber aspirado polvo. Ya no aguantaba mantener los ojos abiertos. Hubo silencio algunos segundos y casi sonreí. Pero entonces sentí que algo se caía a mi derecha y respondí al impulso, o al reflejo, vaya una a saber. Me moví, intentando no caerme en la oscuridad, con los ojos entrecerrados.
No sé cuánto caminé. Quizás fueron algunos metros, quizás mucho más. En algún momento el ruido quedó atrás. También el agua. Después sentí aire fresco en la cara y una música suave que no se sabía de dónde venía. Y cuando finalmente abrí los ojos, estaba en una suerte de explanada cubierta de pasto. No era un parque ni un campo, sino algo intermedio. No había caminos ni indicaciones, nadie que me dijera hacia dónde ir. Sólo el pasto extendiéndose en todas direcciones y esa música de fondo. Me sentí sola, y eso me dio miedo. Pero sé que puedo.
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